España-UE en tensión: polarización, incertidumbre y dilemas estratégicos
Destinos atados. El Estado español y el bloque imperialista europeo atraviesan un escenario marcado por tensiones simultáneas: crisis políticas internas, fragilidad económica, disputas regulatorias y una creciente pugna por la llamada “autonomía estratégica”, en un mundo signado por el desorden creciente producto de la disputa inter imperialista y la polarización política y social.
Disputa entre partidos del régimen. En España, el clima político continúa dominado por la confrontación en las alturas. La desclasificación de documentos del 23-F ha reavivado el choque entre gobierno y oposición, mientras episodios como la crisis interna de Vox en el Ayuntamiento de Madrid reflejan la inestabilidad en el bloque de la derecha. Este cuadro confirma una polarización persistente: el avance del PP y la ultraderecha de Vox en las elecciones autonómicas realizadas hasta el momento convive con el desgaste del PSOE y el retroceso de Podemos, Sumar, IU y otras fuerzas reformistas. El deterioro de la institucionalidad del régimen monárquico-parlamentario del ’78 moldeado por el franquismo sigue su curso, mientras que el gobierno de Pedro Sánchez expone cada vez con mayor claridad sus límites estructurales y que no es progresista.
Graves problemas estructurales de los servicios públicos. Las reiteradas incidencias ferroviarias y el deterioro del sistema de Rodalies en Catalunya evidencian déficits crónicos de inversión y gestión que impactan directamente en la vida cotidiana, incluso con consecuencias fatales para usuarios y trabajadores. La crisis del transporte no es un hecho aislado, sino la expresión de un modelo de infraestructuras en el cual la “modernización” convive con fallas graves de seguridad y planificación. Son el resultado de décadas de privatizaciones, desinversión y de un sistema en el que ni la salud, ni la educación ni el transporte público están bajo control de sus trabajadores y usuarios, sino subordinados a intereses empresariales y a funcionarios estatales ineficientes.
La crisis iniciada en 2008 no ha finalizado. Los signos de “recuperación” se asientan sobre bases frágiles. Los mercados financieros muestran cierto optimismo, pero conviven con fuertes incertidumbres globales. En España, la mejora parcial en los aranceles hacia EE. UU. no elimina la vulnerabilidad estructural de una economía donde aumentan los alquileres, el transporte y los alimentos, mientras los salarios pierden poder adquisitivo y no mejoran las condiciones laborales de la clase trabajadora.
Autonomía y rearme europeo. Gana centralidad el debate superestructural sobre la autonomía estratégica de la UE. Las advertencias sobre la dependencia tecnológica respecto a EE. UU. ponen en cuestión la posibilidad de una soberanía real, al tiempo que sirven como justificación para el rearme de los imperialismos europeos. Se destinan miles de millones de euros a gasto militar en detrimento de las partidas sociales, profundizando un modelo que prioriza la defensa de intereses capitalistas por sobre las necesidades populares.
UE y Trump: tensiones, acuerdos y contradicciones. La relación entre la UE y Trump constituye un factor de inestabilidad. La posibilidad de una nueva ofensiva proteccionista reactiva el temor a guerras comerciales, con amenazas de aranceles sobre sectores clave como el automotriz o el siderúrgico. Esta situación obliga a la UE a prepararse para escenarios de confrontación económica, mientras intenta sostener canales de negociación y evitar una ruptura abrupta del comercio transatlántico.
Una relación con contradicciones. Mientras Europa busca afirmar su autonomía estratégica, continúa dependiendo de EE. UU. en materia de defensa, tecnología y seguridad. Esta dualidad se traduce en una política ambivalente, donde la UE oscila entre la cooperación pragmática y la necesidad de diferenciarse frente a decisiones unilaterales de Washington, especialmente en materia climática, industrial y geopolítica. Esto tiene expresiones en cuanto a la política hacia la invasión del imperialismo de Rusia a Ucrania y algunas críticas parciales por el genocidio del Estado de Israel contra el pueblo de Palestina; pero sin romper con el imperialismo norteamericano.
La UE apoya a los agresores imperialistas-sionistas en Medio Oriente. El imperialismo estadounidense y el sionismo bombardean Irán, Líbano y otros países vecinos, lo cual rechazamos llamando a la movilización mundial, sin apoyar al reaccionario y represivo régimen fundamentalista. Por su parte, los Estados imperialistas occidentales y la OTAN —como era de esperar— respaldan firmemente a EE. UU. e Israel. El accionar de la Unión Europea no se limita al apoyo diplomático y político, sino que incluye ayuda directa o indirecta. El ejército británico ha proporcionado apoyo logístico para los ataques aéreos. Francia quiere intervenir para “proteger” a los Estados del Golfo, Alemania e Italia albergan bases aéreas clave de EE. UU. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, garantiza el pleno apoyo de todos los Estados europeos miembros.
Reconfiguración de la política exterior. La política exterior europea atraviesa una fase de reajuste forzado. El acercamiento de la UE a India y el de Alemania a China, en busca de relaciones “equilibradas”, refleja el intento de la UE de posicionarse en medio de la disputa entre las principales potencias imperialistas por la hegemonía global. A esto se suma la perspectiva impulsada por Trump de redefinir el orden mundial, cuestionando organismos como la ONU y la OTAN y acuerdos establecidos desde la posguerra, lo cual profundiza la crisis de proyecto de la UE.
Debates sobre el modelo productivo. El modelo productivo europeo también se encuentra en discusión. El crecimiento del coche eléctrico en un mercado automovilístico en retroceso expresa una transición energética desigual, condicionada por altos costes y por la competencia global, especialmente de China. Europa avanza de forma parcial en la descarbonización, pero lo hace en un marco de incertidumbre que pone en cuestión su competitividad industrial. Nunca habrá salida bajo la caótica producción capitalista, vertebrada al servicio de la ganancia de un puñado de privilegiados y no de la planificación democrática del conjunto de la economía.
Crisis climática y disputa política. La cuestión climática ocupa un lugar central, no solo como problema ambiental sino como terreno de confrontación política. El cambio climático deja de ser únicamente una urgencia científica para convertirse en un eje de disputa ideológica con profundas implicancias sociales y económicas. Mientras tanto, el capitalismo continúa profundizando la crisis ambiental y responde a sus consecuencias con desidia e improvisación, como se evidenció en la DANA en Valencia, donde murieron más de doscientas personas. No hay forma de salvar al planeta de la destrucción sin partir de criterios ecosocialistas.
Que irrumpa la movilización. Sectores como ferroviarios, personal sanitario, docentes y otros trabajadores protagonizan diversas luchas, pero estas se mantienen fragmentadas por la acción de las direcciones sindicales. Es necesario exigir a las grandes centrales sindicales, en el caso del Estado español de CCOO y UGT que rompan su pasividad, convoquen asambleas, impulsen la unidad de las luchas y avancen hacia movilizaciones y una huelga general que imponga un programa de reivindicaciones al servicio de la clase trabajadora y los sectores populares.
Por una nueva alternativa política. En este contexto, se plantea la necesidad de construir una nueva alternativa política. Frente al desgaste del PSOE y la ofensiva del bloque PP-Vox, Gabriel Rufián (ERC) propone un “frente amplio” que coordine candidaturas para maximizar representación parlamentaria. Sin embargo, esta propuesta omite que el avance de la derecha se explica, entre otros factores, por las políticas del propio PSOE, sostenido por fuerzas como ERC, que han contribuido a mantener la gobernabilidad del régimen y a negociar retrocesos como el abandono de la autodeterminación catalana.
Por un frente de la izquierda radical. La iniciativa de Rufián no plantea un programa de ruptura con el capitalismo, ni apoyar las luchas de los trabajadores hoy mismo, la clase trabajadora está ausente en sus planteos. Lo único que busca es un reordenamiento electoral del reformismo, orientado a obtener escaños, sin cuestionar los límites del sistema. En este sentido, reproduce la misma lógica que ha facilitado el crecimiento de la derecha y la ultraderecha. Frenar a estos sectores exige derrotarlos en las calles y cerrarles el paso institucional mediante la autoorganización, la movilización y el apoyo activo a las luchas sociales, como las impulsadas por el movimiento de mujeres de cara al 8 de marzo. Y poner de pie un frente de izquierda radical, con un programa anticapitalista, revolucionario y socialista.
Por una Europa de los trabajadores. La Unión Europea no solo expresa una crisis de proyecto, sino su carácter imperialista al servicio de los grandes intereses del capital, incluyendo el avance del militarismo en detrimento de los derechos sociales. Frente a esto, se plantea la necesidad de luchar por una Europa de los trabajadores, donde sean las mayorías quienes definan democráticamente el rumbo, en la perspectiva de una transformación revolucionaria de la sociedad y la construcción del socialismo, como la que impulsa la Liga Internacional Socialista (LIS) con el reagrupamiento internacional de los revolucionarios.
